LA MOZA TEJEDORA
PUBLICADO POR: Lina M. Tamayo A
Despertaba aún en lo oscuro, como si oyese al sol llegando detrás
de las orillas de la noche. Y luego se sentaba en el telar.
Hebra clara para comenzar el día. Delicado trazo de luz, que iba
pasando entre los hilos extendidos, mientras allá afuera la claridad de la
mañana dibujaba el horizonte.
Después lanas vivas, calientes lanas se iban tejiendo hora a hora,
en el largo tapiz que nunca acababa.
Si era fuerte por demás el sol y en el jardín colgaban los
pétalos, la joven colocaba en la lanzadera gruesos hilos cenicientos del
algodón más felpudo. En breve, en la penumbra traída por las nubes, escogía un
hilo de plata, que en puntos largos rebordaba sobre el tejido. Leve, la lluvia
acudía a saludarla en la ventana.
Pero si durante muchos días el viento y el frío peleaban con las
hojas y espantaban a los pájaros, le bastaba a la joven tejer con sus bellos
hilos dorados, para que el sol volviese a calmar la naturaleza.
Así, tirando la lanzadera de un lado para otro y batiendo los
grandes dientes del telar para el frente y hacia atrás, la muchacha pasaba sus
días.
Nada le faltaba. En la hora del hambre tejía un lindo pez, con
cuidado de escamas. Y he aquí que el pez estaba en la mesa, listo para ser
comido. Si la sed venía, suave era la lana color de leche que mezclaba en el
tapiz. Y a la noche, después de lanzar su hilo de oscuridad, dormía tranquila.
Tejer era todo lo que hacía. Tejer era todo lo que quería hacer.
Pero tejiendo y tejiendo, ella misma trajo el tiempo en que se
sintió sola, y por primera vez pensó qué bueno sería tener un marido al lado.
No esperó el día siguiente. Con el primor de quien intenta una cosa nunca
conocida, comenzó a intercalar en el tapiz las lanas y los colores que le
darían compañía.
Y poco a poco su dibujo fue apareciendo: sombrero emplumado,
rostro barbado, cuerpo erguido, zapato pulido. Estaba justamente colocando el
último hilo, cuando tocaron a la puerta.
Ni siquiera necesitó abrir. El hombre apareció en su casa, se
quitó el sombrero de plumas y fue entrando en su vida.
Aquella noche, recostada sobre el hombro de él, la joven pensó en
los lindos hijos que tejería para aumentar todavía más su felicidad.
Y feliz fue por algún tiempo. Pero si el hombre había pensado en
hijos, luego los olvidó. Descubierto el poder del telar, en nada más pensó, a
no ser en todas las cosas que él podía darle.
-Una casa mejor es necesaria - le dijo a la mujer. Y parecía
justo, ahora que eran dos. Exigió que escogiese las más bellas lanas de color
de ladrillo, hilos verdes para los batientes y prisa para que la casa
aconteciese. Pero lista la casa, ya no le pareció suficiente.
- ¿Por qué tener casa si podemos tener palacio? - preguntó.
Sin querer respuesta, inmediatamente ordenó que fuese la piedra
con remates de plata.
Días y días, semanas y meses, la muchacha trabajó, tejiendo techos
y puertas, y patios y escaleras, y salas y pozos. La nieve caía allá afuera y
ella no tenía tiempo de llamar al sol. La noche llegaba y ella no tenía tiempo
para rematar el día. Tejía y entristecía, mientras, sin parar, batían los
dientes acompañando el ritmo de la lanzadera.
Al final del palacio quedó concluido. Y entre tantos lugares, el
marido escogió para ella y su telar el cuarto más alto de la más alta torre.
- Es para que nadie sepa del tapiz dijo: Y antes de cerrar la
puerta con llave advirtió: faltan las caballerizas y no olvides los caballos.
Sin descanso tejía la joven los caprichos del marido, llenando el
palacio de lujos, los cofres de monedas, las salas de criados.
Tejer era todo lo que hacía, tejer era todo lo que quería hacer. Y
tejiendo y tejiendo, ella misma trajo el tiempo en que su tristeza le pareció
mayor que el palacio con todos sus tesoros. Y por primera vez pensó qué bueno
sería estar sola de nuevo.
Sólo esperó anochecer. Se levantó mientras el marido dormía
soñando nuevas exigencias. Y descalza para no hacer ruido, subió la larga
escalera de la torre y se sentó en el telar.
Esta vez no necesitó escoger ningún hilo. Tomó la lanzadera al
contrario y, lanzándola veloz de un lado al otro, comenzó a deshacer su tejido.
Destejió los caballos, los carruajes, las caballerizas, los jardines. Después
desbarató los criados y el palacio y todas las maravillas que contenía. Y
nuevamente se vio en su casa pequeña y sonrió hacia el jardín, más allá de la
ventana.
La noche acababa cuando el marido, extrañando la cama dura,
despertó y espantado miró en derredor. No tuvo tiempo de levantarse. Ella ya
deshacía el diseño oscuro de los zapatos y él vio sus pies desapareciendo,
esfumándose las piernas. Rápida la nada se subió por el cuerpo, tomó el pecho
erguido, el emplumado sombrero.
Entonces, como si oyese la llegada del sol, la moza escogió una
hebra clara y fue pasándola lentamente entre los hilos, delicado trazo de luz
que la mañana repitió en la línea del horizonte.
PUBLICADO POR: Lina M. Tamayo A

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